No sin mi hijo

Susana esperaba el fin de sus días a la sombra del ciprés, agarrando con fuerza el pañuelo de seda con que envolvió la cabecita de su hijo, que apenas pudo aguantar 48 horas después de su nacimiento prematuro. Justo delante de la tumba donde enterraron a su pequeño ángel, pasaba las horas esperando un imposible, que el cuerpo de su infortunado bebé despertarse de un momento a otro y recobrara una vida que no disfrutó.
A Susana le costó quedarse embarazada y los médicos nunca le advirtieron de que se tratara de un embarazo de alto riesgo, por eso el impacto de lo sucedido fue todavía mayor.
Recién cumplidos los siete meses de gestación, empezó a notar que algo no iba bien. Casi de un día para otro se dio cuenta de que dentro de su barriga apenas había movimiento. Le practicaron una cesárea de urgencia con la única idea de salvar al bebé. Tras mucho esfuerzo lo consiguieron, pero los órganos del neonato estaban tan débiles que no pudieron aguantar más de dos días con vida.
El entierro tuvo lugar al día siguiente. A Susana ya no le quedaban lágrimas. Fue la última en abandonar el cementerio. Y allí, pasó el resto de sus días, sentada en la sombra del ciprés, mirando a la pequeña tumba blanca de su niño y esperando que sus ojos se cerraran para siempre.

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El asesino invisible

Como cada mañana, a eso de las doce, cojo mi mochila naranja y salgo de casa para ir al gimnasio. En cuanto asomo al rellano, un pequeño roedor se cruza en mi camino y huye despavorido escalera abajo. La puerta de la vecina está entreabierta. Después de dudar unos instantes, decido entrar. No puedo creer lo que veo. El piso está hecho un caos. De fondo, está sonando el tango “Talismán”. Me muevo con miedo, muy asustada. Me voy adentrando poco a poco en la vivienda y me llega un fuerte olor a colonia. El suelo está lleno de minúsculos trozos de cristal, de su frasco de perfume y, uno de ellos, algo más grande, está incrustado en el cuello de la malograda anciana. Apenas hacía dos días que se había quedado viuda y su marido también murió en extrañas circunstancias. No era ningún secreto que el matrimonio poseía una gran fortuna. De su dedo, fue arrancada su alianza, que fue un regalo de su marido cuando se prometieron. Me dispongo a llamar a la policía. La puerta se cierra de golpe… De mi cuello empieza a brotar sangre…

La piel de plátano

Se giró al escuchar el grito. Y se puso rápidamente la mano en la boca para amortiguar el ruido de una sonora y maligna carcajada.
La piel de plátano se elevaba lentamente a la vez que el joven viandante que la pisó volaba por los aires. Su cara de asombro y susto, parecía sacada de una película de Scream y su pierna derecha parecía estar preparada para hacer un remate de chilena. Los brazos se balanceaban como si de unas olas se tratasen. Finalmente, su espalda chocó contra el suelo, rebotando como si hubiera caído encima de una colchoneta.
La muchacha de la carcajada se dirigió a ayudar al joven pero pisó la piel de plátano…

Una vida sin rumbo

Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte. Pero no siempre es cierto. Al menos en mi caso. Yo no tengo un doble, no;  tengo cientos, miles… es casi imposible contarlos.

Vi la libertad cuando a un chiquillo le dieron permiso para romper su huchita de cerdo y poder comprarse un paquete de cromos para poder completar su álbum. Me dio pena despedirme de él, porque me trató con cariño, como si no quisiera abandonarme… pero pesó más su deseo. Mi vida desde ese momento, siempre ha sido nómada. He tenido muchos amos, pero ninguno me ha durado más de dos días. Del niño pasé a manos de un guiri, que no parecía ser muy amante de las monedas, pues tal cual me adquirió, me soltó a las primeras de cambio. De repente me encontré en un bus, pero de nuevo mi escondite fue fugaz, ya que fui a parar al monedero de una pija agarrada a su teléfono móvil como si le fuera la vida.

Dicen que todas nosotras, las monedas, tenemos el mismo valor. Es mentira. Para la pija rica yo sola no significo nada, me hace sentir como mi hermana de un céntimo, ahí, chatarrilla, calderilla…en cambio para el niño, yo era uno de sus más preciados tesoros.

La pija me llevó al supermercado. Allí me insertó en un carrito y así estuve, sin apenas respirar una media hora… Cuando ya creí que se acababa mi tortura, la muchacha cargó su compra en su coche y ahí me quedé, sola y desamparada. Una pareja acudió a mi rescate y conviví con ellos una noche, hasta que al día siguiente acabé en una máquina de café. Eso de caer al vacío no lo llevo nada bien… Por suerte, pude reencontrarme con algunas de mis dobles. Cuando más dicharacheras estábamos, un elegante hombre de negocios acudió a mi rescate. Por las maletas que llevaba, se presumía que iba a realizar un largo viaje. ¡Qué emocionante! Un viaje al extranjero. ¿Qué iba a hacer conmigo? Poca cosa… Sin saber cómo, me deslicé de su pequeño portamonedas y en el suelo me quedé… Hasta que un japonés dio conmigo. Con sumo cuidado, me guardó en un compartimento de su mochila y al llegar a su casa, me depositó dentro de un pequeño plástico y me dejó dentro de un álbum en que me encontré otras monedas de todo tipo de formas y colores, muchas de ellas desconocidas, hasta entonces, para mí.

Por un puñado de piñones

La noticia corrió como la pólvora en los principales medios de comunicación del país. “La cocinera revelación y reciente ganadora del prestigioso precio ‘Piñón de Oro’, Noemí Alcolea, ha fallecido a primera hora de la tarde tras haber ingresado ayer en un centro hospitalario. Todo parece indicar que su muerte se debe a una intoxicación alimentaria”.
Minerva lanzó el mando contra la televisión. La situación se le había escapado de las manos. Demasiado. Tan solo quería darle un escarmiento. Todo por un nombre.
Como una niña pequeña esperando el paso de los Reyes Magos, Minerva contaba los días que quedaban hasta el 23 de abril, día del libro. Se imaginaba entre la multitud de gente firmando y dedicando ejemplares. Aún no lo había visto impreso. Y se llevó una sorpresa mayúscula nada más ver el libro en una de las estanterías centrales de su establecimiento habitual. ’50 recetas jamás vistas’, de Noemí Alcolea. Se le cayó el alma al suelo. Un año entero trabajando juntas, descubriendo sabores nuevos y todo el mérito iba a ser para Noemí.
Decidió darle una lección. Recordó que tenía grabadas las recetas en su ordenador e hizo una pequeña modificación. El libro de recetas tendría éxito, así que pronto saldría una segunda edición.
Noemí abrió su propio restaurante y como regalo de inauguración, decidió premiar con una beca a aquel que hiciera mejor uno de sus platos. Contó con la ayuda de Minerva, que fue quien escogió la receta a elaborar: la pizza de macarrones y pollo con esferificación de zumo de manzana. Entregó un libro a cada uno de los diez participantes y éstos se pusieron manos a la obra. Una vez finalizada la hora del concurso, Noemí se dispuso a catar los platos para decidir al ganador. Pero una vez los hubo probado todos, la cocinera cayó redonda al suelo y empezó a ponerse roja y a tener convulsiones. Fue evacuada rápidamente al hospital, pero no se pudo recuperar y falleció al día siguiente.
Los análisis toxicológicos realizados a las pocas semanas revelaron que la causa de la intoxicación mortal fue la ingesta de piñones, alimento al cual era alérgica. Después de interrogar a los diez concursantes, éstos declararon que para cocinar el plato se ciñeron estrictamente en lo que estaba escrito en el libro de recetas. Pero la opinión pública se preguntaba, sí Noemí era alérgica a los piñones, ¿cómo es que los incluyó en sus recetas?
Como buena cocinera, Minerva sabía que la venganza se sirve fría.

El misterio de la llave

El anciano encontró la llave en el vaso de la dentadura. La cuestión es cómo habrá ido a parar allí. Maldito Alzheimer. Su casa no tiene cerraduras, ni siquiera la puerta de entrada. Total, no hay nada de valor para sustraer y el anciano… El anciano casi nonagenario ya ha vivido su vida. El hombre intenta recordar porque tiene esa llave, pero solo le vienen a la mente flashes de lo que ha sido su infeliz existencia. Supo el día que cumplió la mayoría de edad que fue adoptado por una familia acaudalada, que le contó que sus padres fallecieron en un accidente a los pocos días de nacer. Poco después, se enteró que su madre biológica lo dio en adopción a las puertas de una iglesia porque carecía de medios para cuidarlo.

El viejo apenas tiene amigos. Es solitario y posee un carácter huraño, áspero, difícil de tratar. Se sobresaltó al oír un ruido, que lo atormentó durante unos segundos.

—¿Hay alguien ahí?—No obtuvo respuesta alguna.

De nuevo el ruido. Le suena familiar, parece el golpe de un martillo. “Claro, si yo soy carpintero”, se dice para él, con una pequeña sonrisa como premio por el esfuerzo que realizó su frágil memoria. Trabajar de carpintero era lo mejor que sabía hacer y desde muy joven se encargó de construir ataúdes para una funeraria. Incluso las personalizaba. Otra cosa no, pero dedicación al trabajo tenía mucha. Vuelve a sobresaltarse. Cae en la cuenta de que la llave abre la puerta de la funeraria. Lo que sigue sin recordar es que hacía en el vaso de la dentadura.

Fiesta mayor

Abrió los ojos e intentó ponerse en pie, pero inmediatamente volvió a caerse. Todo le daba vueltas y tenía el cuerpo dolorido., además de un fuerte dolor de cabeza. Temblaba. Había perdido la sábana que le cubría medio cuerpo. No paraba de tiritar, pese a que lucía un sol radiante. Poco a poco fue recuperando el sentido. Como pudo, se acercó hasta una roca cercana a él y logró sentarse, con la espalda apoyada en ella. Miró a su alrededor, pero no se ubicó. O sí. “Estoy en la isla, uff, menos mal”, pensó para sus adentros. Pero rápidamente cambió de opinión. Aquella no era su isla. Estaba segurísimo. No sabía el que, pero algo había en ella que le hacía pensar que no era la suya. Se levantó a duras penas y se puso a andar, sin rumbo, sin dirección concreta. Contemplaba el paisaje, los alrededores. Se preguntó varias veces si esa no sería una isla deshabitada, pues, tras un largo rato caminando, no había visto ningún indicio de que pudiera vivir alguien en ese lugar. “Mejor”, se dijo a así mismo. “Todo un espacio para mí, para poder inventar y experimentar”. Se sentía solo. Se topó con una especie de  piscina, rodeada de piedra por los cuatro costados y con árboles a su alrededor y, como se notaba cansado, decidió pararse a reposar. Al acercarse a la piscina, vio el reflejo de una cara. Se llevó un susto de muerte, su corazón latía muy deprisa, pero finalmente pudo comprobar que era su cara, el reflejo de su propia cara en el agua. Agua, agua… De repente se acordó de cómo había llegado hasta allí.

Era la fiesta mayor y el Gobernador del pueblo convocó a todos los vecinos a la plaza principal. Don Experimental estaba impaciente por enseñar a sus conciudadanos su nueva gran invención: un barco hecho con troncos de madera y una vela para poder navegar por los alrededores de la isla. Don Experimental, como su propio nombre indica, es un amante de los experimentos. Es uno de los personajes más populares y uno de los más queridos. La gran mayoría de objetos de la isla estaban hechos por él, desde un reloj de cuco (pero en vez de cuco había un loro) hasta un par de farolas que desprendían un halo de luz en medio de la oscuridad de la noche.

Ese día, todos los vecinos lucían sus mejores sábanas, como si de griegos se tratara. Cada día se celebraba el ‘día de algo’ y ése era el día de la sábana, por eso cada ciudadano llevaba esa vestimenta. Hacía un tiempo espléndido, pero quizá no tan perfecto para estrenar un barco. El aire que soplaba del norte no invitaba a probar grandes experimentos. Las cabelleras de los hombres revoloteaban por el viento y algún que otro peluquín consiguió escaparse de su respectiva calva. Don Experimental no quiso hacer caso a Don Perfecto, quien le avisó del posible peligro que corría si salía a navegar. Se había pasado un mes entero en la fabricación de su barco, cuidando con mucho mimo cada madera e incluso contó con la ayuda del Sastre, que colaboró en la elaboración de la vela, y no quería demorar más su puesta en marcha. Todos sus vecinos querían ser testigos de la aventura de Don Experimental y allí, en la playa, en primera fila, agitando pañuelos blancos, se despedían de su amigo, deseándole buena suerte en su primer viaje, El muchacho se alejaba lentamente de la costa y, antes de que el resto de gente pudiera regresar a sus hogares y retomar sus quehaceres, vieron en vivo y en directo como se mascaba la tragedia.