No sin mi hijo

Susana esperaba el fin de sus días a la sombra del ciprés, agarrando con fuerza el pañuelo de seda con que envolvió la cabecita de su hijo, que apenas pudo aguantar 48 horas después de su nacimiento prematuro. Justo delante de la tumba donde enterraron a su pequeño ángel, pasaba las horas esperando un imposible, que el cuerpo de su infortunado bebé despertarse de un momento a otro y recobrara una vida que no disfrutó.
A Susana le costó quedarse embarazada y los médicos nunca le advirtieron de que se tratara de un embarazo de alto riesgo, por eso el impacto de lo sucedido fue todavía mayor.
Recién cumplidos los siete meses de gestación, empezó a notar que algo no iba bien. Casi de un día para otro se dio cuenta de que dentro de su barriga apenas había movimiento. Le practicaron una cesárea de urgencia con la única idea de salvar al bebé. Tras mucho esfuerzo lo consiguieron, pero los órganos del neonato estaban tan débiles que no pudieron aguantar más de dos días con vida.
El entierro tuvo lugar al día siguiente. A Susana ya no le quedaban lágrimas. Fue la última en abandonar el cementerio. Y allí, pasó el resto de sus días, sentada en la sombra del ciprés, mirando a la pequeña tumba blanca de su niño y esperando que sus ojos se cerraran para siempre.

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