Una vida sin rumbo

Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte. Pero no siempre es cierto. Al menos en mi caso. Yo no tengo un doble, no;  tengo cientos, miles… es casi imposible contarlos.

Vi la libertad cuando a un chiquillo le dieron permiso para romper su huchita de cerdo y poder comprarse un paquete de cromos para poder completar su álbum. Me dio pena despedirme de él, porque me trató con cariño, como si no quisiera abandonarme… pero pesó más su deseo. Mi vida desde ese momento, siempre ha sido nómada. He tenido muchos amos, pero ninguno me ha durado más de dos días. Del niño pasé a manos de un guiri, que no parecía ser muy amante de las monedas, pues tal cual me adquirió, me soltó a las primeras de cambio. De repente me encontré en un bus, pero de nuevo mi escondite fue fugaz, ya que fui a parar al monedero de una pija agarrada a su teléfono móvil como si le fuera la vida.

Dicen que todas nosotras, las monedas, tenemos el mismo valor. Es mentira. Para la pija rica yo sola no significo nada, me hace sentir como mi hermana de un céntimo, ahí, chatarrilla, calderilla…en cambio para el niño, yo era uno de sus más preciados tesoros.

La pija me llevó al supermercado. Allí me insertó en un carrito y así estuve, sin apenas respirar una media hora… Cuando ya creí que se acababa mi tortura, la muchacha cargó su compra en su coche y ahí me quedé, sola y desamparada. Una pareja acudió a mi rescate y conviví con ellos una noche, hasta que al día siguiente acabé en una máquina de café. Eso de caer al vacío no lo llevo nada bien… Por suerte, pude reencontrarme con algunas de mis dobles. Cuando más dicharacheras estábamos, un elegante hombre de negocios acudió a mi rescate. Por las maletas que llevaba, se presumía que iba a realizar un largo viaje. ¡Qué emocionante! Un viaje al extranjero. ¿Qué iba a hacer conmigo? Poca cosa… Sin saber cómo, me deslicé de su pequeño portamonedas y en el suelo me quedé… Hasta que un japonés dio conmigo. Con sumo cuidado, me guardó en un compartimento de su mochila y al llegar a su casa, me depositó dentro de un pequeño plástico y me dejó dentro de un álbum en que me encontré otras monedas de todo tipo de formas y colores, muchas de ellas desconocidas, hasta entonces, para mí.