El lápiz mágico

A Paula, de nueve años, siempre le ha gustado ir al colegio y estudiar. Sus notas eran más que buenas, pero tenía un grave problema: no sabía escribir la letra ‘R’. Invirtió tiempo y esfuerzo, pero no había manera. Su madre y sus profesores también lo intentaron de diferentes maneras, con idéntico resultado. Tanta era la angustia que le causaba no saber caligrafiar esa letra que, incluso a la hora de hablar, la evitaba.

—Mamá. De nuevo hoy mis amigos me han dado de lado en el patio. Estoy muy enfadada.

—No te preocupes mi niña. No saben lo que se pierden. Ya encontrarás otros amigos que te sepan apreciar.

Paula pareció consolarse con las palabras de su madre, pero no solo se mostraba inquieta por las burlas de sus compañeros. La profesora de lengua les había mandado de deberes que hicieran una redacción sobre el lugar donde pasaron sus últimas vacaciones. Paula y su familia veranearon en Barcelona. Y claro, en algún momento de la misma debería escribir el nombre de la ciudad. Bueno, ya se preocuparía de ello cuando llegara el momento. Así pues, se puso manos a la obra.

“El mes de agosto pasado fui con mi familia, mi papá, mi mamá y mi tata a la capital de Cataluña. Allí vive mucha gente y también la visita gente que no es española. La ciudad tiene muchos museos y monumentos y una de las cosas que más me gustó fue la iglesia que todavía están montando y que se llama…”

—Mamá. ¿Cómo se llama esa iglesia alta con muchas puntas que tanto me gustó?

—Sagrada Familia.

—Sa… ¿qué? Ya sabes… yo no sé… —La niña se fue corriendo a su habitación, se tumbó en la cama y se puso a llorar.

Preocupado al oírla sollozar, su abuelo, que vivía con ellos, se le acercó, le acarició el pelo y le dijo que tenía una sorpresa para ella. La cara de Paula fue todo un poema en cuanto desenvolvió el regalo y descubrió lo que era. Un simple lápiz.

—Es un lápiz mágico. —Le susurró al oído.

—¡No quiero ningún lápiz! —La pequeña ignoró sus palabras e hizo caso omiso al objeto.

Al día siguiente se despertó sobresaltada. ¡No había acabado la redacción! Cogió el lápiz sin pensar y continuó.

“… y que se llama Sagrada Familia. Su constructor fue Antoni Gaudí”.

—¡Abuelo! ¡Abuelo! —Los gritos retumbaron por toda la casa.

Cuando llegó junto a Paula, vio complacido a su nieta, cuyo rostro reflejaba una expresión entre asombro e incredulidad.

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