Corazón partido

Como cada día 10, Carlota salió del instituto con una sonrisa de oreja a oreja y se dirigió a su escondite secreto. Pero su alegría se transformó en decepción cuando vio que el sobre estaba vacío. Regresó cabizbaja a casa y por mucho que su madre insistió y preguntó, Carlota contestó que no le ocurría nada, simplemente que estaba absorta en sus pensamientos. Una vez hubo acabado los deberes, cogió su libreta preferida y empezó a escribir, una de sus actividades preferidas.

El mes siguiente, sucedió lo mismo. Carlota llegó a su escondite y, de nuevo, se encontró con el sobre vacío. Esta vez, la chica no pudo reprimir una lagrimita. “¿Se habrá olvidado de mí?”, pensó. “¿Estará leyendo mis cartas otra persona y por eso ya nadie me las devuelve?”

La preocupación de su madre aumentó. Su niña, esa muchacha presumida, inteligente, con una gran sonrisa que disimulaba su Síndrome de Down, estaba sumida en una extraña tristeza, había perdido aquella alegría que la caracterizaba.

Carlota no perdió la esperanza y el tercer mes volvió al coche abandonado y abrió el sobre. Casi al mismo instante en que su corazón estallaba de felicidad, se empequeñeció de dolor.  En efecto, dentro del sobre había la carta que tanto esperaba, pero no así su contenido.

“Estimada Carlota.

Con todo el dolor de mi alma tengo que decirte que Iván se fue para siempre. Es por eso que durante ese tiempo no obtuvieras respuestas a tus cartas que, por cierto, son todas preciosas. Lamento haberte causado tan profunda pena.

Te mando un enorme beso.

La mamá de Iván.”

Justo en el  momento en que Carlota se dejó caer al suelo, los brazos de su madre le fundieron en un gran abrazo. Ella, sufridora como pocas, decidió seguirla para averiguar el mal de su hija y, nada más verla, ya pudo comprender que su corazón quedó herido para siempre.

Pese a todo, Carlota decidió volver cada día 10 a su escondite, aun sabiendo que se encontraría con un sobre vacío. Pero ella nunca perdía la esperanza…