Natalia

Apenas había probado bocado. Y eso que las albóndigas eran su comida preferida. Sólo quería levantarse de la mesa y encerrase en su habitación para dormir y no despertarse nunca más. Pero hasta que no se acabara el plato no podía moverse del sitio. Con la ayuda de la psicóloga y haciendo un considerable esfuerzo, finalmente cenó más o menos en condiciones. No aceptaba que la hubieran encerrado en un psiquiátrico, ella no había hecho nada ni estaba loca, pensaba. Pero la enorme cicatriz en su muñeca izquierda la delataba. La muerte de Pablo le pesaba mucho. Sin él, su vida no tenía sentido alguno. Por eso decidió acabar con todo. No era la primera vez que lo intentaba. En una ocasión, pocos días después del entierro de Pablo, se acabó una caja de antidepresivos de su madre, una mujer con grandes tendencias depresivas. La segunda ocasión fue apenas unos días atrás. Esta vez decidió cortar por lo sano y con una cuchilla de afeitar se cortó las venas. O al menos eso creía. Fue precisamente su madre quien se la encontró moribunda y sangrando en su cama.

Natalia era muy distinta a su madre. Si su madre era el caos, el desorden, la dejadez en persona.  Ella era la calma. Nunca decía una palabra por encima de otra, casi no se le oía ni hablar. Por eso nadie entendía su cambio de actitud. Pablo se convirtió en su perdición. Él y las drogas. Natalia era una chica con energía, de complexión fuerte, atlética. Con Pablo todo cambió. Aquel primer pinchazo… Ya nada le importaba. Se alejó de sus pocos amigos y familia, pese a sus advertencias de que Pablo sería una muy mala influencia. Su caída fue prácticamente instantánea. De un día para otro, dejó de cuidarse, de alimentarse, se vestía de cualquier manera, apenas dormía. Su aspecto desaliñado saltaba a la vista.

Lo tenía todo preparado. Esa noche no durmió. Toda su habitación estaba recogida. Sus escasas pertenencias y poca ropa las había guardado en una maleta. Su habitación daba a la calle y como era una primera planta no tendría demasiada dificultad. En una hora prudente, en la que todo el mundo debería estar durmiendo, decidió dar el salto. Por fin se sentía libre. Le costó un rato orientase, pero finalmente lo consiguió. Se dirigió a la estación. Miró que tren salía primero, sin importarle el destino. Bajó a la vía y esperó.

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El metro

Como cada mañana a la misma hora, Diego estaba puntual en su parada de metro dispuesto a ir a trabajar, al Puerto de Barcelona. Sentado en uno de los bancos centrales del andén, esperaba la llegada del tren. Subía en el vagón del medio y siempre dejaba escapar dos o tres metros porque no le gustaba la muchedumbre. Tampoco las prisas. Por eso salía de su casa con una hora de antelación.

Durante el rato de espera, Diego veía toda clase de gente y caras que con los días le empezaban a ser conocidas. Se había fijado en una chica. Salía del metro cuando él entraba. Habían coincidido unas cuantas veces y no podían evitar seguirse con la mirada. Ella no debía tener más de treinta años, era más bien delgada, con una larga melena rubia y casi todos los días vestía de sport y llevaba consigo una bolsa de deporte. Eso sí, iba perfectamente maquillada y sus ojos y labios lucían un brillo especial.

Un día, Diego llegó más tarde de lo habitual al metro. Con las prisas por intentar subir al vagón central, tropezó con la señora de la limpieza.

-¡Uy, perdón señora!

-No se preocupe- contestó Ana, así se llamaba la muchacha, girándose. Sus miradas toparon y ambos quedaron ruborizados.

Diego se fue sin decir nada. No sabía como reaccionar ante tal sorpresa. Desde aquel día, no subió al metro hasta que la veía y la saludaba.

El flechazo fue tal que a los pocos meses Diego y Ana se fueron a vivir juntos a la casa de él. Diego le explicó que trabajaba de mantenimiento en el Puerto de Barcelona y que un día irían y le enseñaría los barcos por dentro. Se había instalado en Barcelona hacía un par de años. Venía de un pueblecito del Pirineo Aragonés y había venido a la ciudad condal para ganarse mejor la vida. Pero siempre que podía se escapaba para visitar a sus padres ancianos. No tenía hermanos y con algún que otro amigo se veía, pero era una persona más bien casera. Ana… A Ana no le gusta hablar de su vida privada. Además de en el metro, trabajaba limpiando en casas de la zona alta y pija de Barcelona así que, a pesar de no ser un trabajo que le entusiasme, le pagaban bastante bien por ello. Vivía en el centro de la ciudad compartiendo piso con otra chica. Los dos tenían un carácter muy reservado y se relacionaban poco con la gente.

La noticia del embarazo les pilló por sorpresa, pero ambos estaban encantados, más él que ella. Tuvo un embarazo tranquilo y Diego la cuidaba como nunca, dándole todos los caprichos que a Ana se le antojaban. Fueron un fin de semana a ver a los padres de él para que conocieran a Ana y también para darles la buena nueva.

-Deberíamos decírselo también a tus padres. Se alegraran de tener un nuevo miembro en la familia- le dijo Diego a Ana, extrañado de que nadie de su familia supiera nada sobre su estado.

-Ya lo sabrán no te preocupes. Déjalos en paz. Además viven muy lejos y no tengo ganas de ir a verlos en mi estado.

-Pero, aunque sea una llamadita de teléfono…

-¡He dicho que no!- le interrumpió Ana.

La pérdida de su bebé fue un trauma que les costó superar. Sobre todo a Diego, que estaba muy ilusionado con la llegada de su pequeño. Ana se comportaba como si no hubiera pasado nada. Y esto irritaba y mucho a Diego.  Esto les fue distanciando poco a poco. Ya no dormían juntos, pero lo que más indignaba a Diego era el comportamiento de Ana. Tenía mejor aspecto que nunca, dejó a un lado la ropa de sport y pasó a vestir de manera mucho más elegante, incluso para ir al trabajo. Ya no le importaba llegar cansada a casa y quedarse encerrada toda la tarde esperando al día siguiente. Diego ya no la esperaba despierto e incluso había noches en las que no dormía en casa. Hasta que un día se fue para no volver. A Diego no le quedó otra que resignarse.

Dos años después, en el andén de siempre. Mientras esperaba, a Diego le inquietaban las pataletas y llantos de un niño. No debía tener ni un par de años. Lloraba y lloraba. Parecía estar solo. El niño se tranquilizó. Lo miró. Se lo quedó mirando fijamente. Esos ojos… Esos ojos le resultaban muy familiares. Su brillo… De repente apareció Ana y cogió al niño.

-¡Joder, joder, joder!-vociferó Diego en medio de la estación-. Ana hizo caso omiso y se fue con su hijo.

No veía a Ana desde que se fue de su casa. Ahora sabía donde volverla a encontrar para pedirle una explicación. Aquel día… aquellos mareos. Ahora entendía porque Ana insistió en ir sola al médico. “¿Por qué querría alejarme de mi propio hijo? ¿Por qué me ha engañado de esta manera?” Diego se hacía preguntas que no tenían respuesta.

El día siguiente Diego se quedó esperando hasta ver a Ana. Algo más tarde de lo que en ella era habitual llegó a la estación.  Se apeó del tren. No parecía la misma. Había perdido el brillo de sus ojos y su sonrisa encantadora. Vio a Diego e inmediatamente giró la cara, muerta de la vergüenza. Quería huir, pero Diego la agarró del brazo.

-¡Suéltame, me haces daño!- chilló Ana asustada.

-No, hasta que no me digas porque me has ocultado la existencia del niño.

Ana logró zafarse de Diego y casi llorando le pidió ayuda.

-Mi mari… mi marido me pega, quiero alejarme, esconderme de él, pero no puedo, siempre acaba encontrándome y pegándome. Cuando se enteró de que estaba embarazada de otra persona se puso muy furioso y me obligó a mentir, a decir que lo había perdido para quedarse él con el niño. Nunca conseguimos ser padres y para él era su mayor ilusión en la vida. Cuando te conocí, se me abrió el mundo, eras como una vía de escape para mí, pero al final, ya ves…

-Me engañas diciendo que has abortado, me ocultas que estabas casada y ahora me vuelves a buscar para que te de cobijo. Demasiado tarde.

Diego cogió al niño y se subió en el siguiente tren.

A oscuras

No recuerdo nada. Sólo sé que me desperté de repente, atada de pies y manos. Me encontraba en un sitio frío, oscuro y que precisamente no olía a rosas. Más bien todo lo contrario. Se presentía un pequeño halo de luz, que provenía, supuestamente, de una puerta. La estancia en ese extraño habitáculo era desagradable, muy desagradable. Apenas podía sentir los dedos de las manos por la fuerte opresión que la cuerda (intuía, por el tacto, que se trataría de una cuerda) ejercía sobre mis muñecas. De los pies… Los pies no me importaban demasiado, ¿para qué? Escapar no podía y… pensándolo bien, ¿para qué sirven además de para caminar? Pese a mis enormes esfuerzos por encontrar algún mínimo detalle que me diera alguna pista sobre mi paradero, todo fue en vano. A todo esto se añadía el hambre. ¿Cuánto tiempo llevaría sin comer, una hora, dos, un día, una semana? Había perdido completamente la noción del tiempo. No podía ni articular palabra. Lo único que pude emitir fue un grito ahogado, aún a sabiendas de que sólo lo escucharía yo.

Se oyen murmullos del otro lado, pero soy incapaz de entender nada. Estoy sola, inmóvil, fría. Mi desespero es total, más aun cuando no soy capaz de  hacer nada que delate mi presencia.

El olor que desprenden estas cuatro paredes se hace cada vez más inaguantable, no voy a resistir así mucho más tiempo. Me imagino en qué estado lamentable me encontrarán, si es que alguien alguna vez me encuentran, claro. Si yo pudiera verme en este estado, me avergonzaría, seguro. A mí, que siempre me ha gustado presumir, lucir palmito, estrenar modelitos con mis tacones de aguja y mis gotitas de Channel nº5. A mí, que siempre me ha gustado llamar la atención. A mí… no podían hacerme esto.

Presa por el pánico, mi respiración es un no parar, mi corazón se saldrá en cualquier momento. Pienso en los míos, en cuanto me echarán de menos. Pienso en mis días vividos y en los que me quedan por vivir. Pienso en lo que he hecho y en lo que me queda por hacer. Pienso en la cita con ese chico que me gusta desde que íbamos al colegio y a la que no acudí por temor a un nuevo rechazo. Pienso en mis esporádicas visitas a mis abuelos, pobres, sin saber si los voy a volver a ver. Pienso en Lucía, esa dulce niña con síndrome de Down a la que, con una simple nariz de payaso, podía alegrarle una mañana. Pienso en esa vuelta al mundo que le prometí a Javier, ese amigo con el que puedes contar para lo bueno y para lo malo. Pienso en… ¿qué es eso? Una luz cegadora, una luz que parece no tener fin. La veo cerca, exageradamente cerca. Tengo fuerzas para temblar, pero apenas me quedan para mover mi ya casi inerte cuerpo.  ¡Dios mío! ¡Qué es lo que veo! Parecen hombres, hombres que se dirigen hacia mí. ¡No, por favor, por favor, no me hagáis nada! ¡Sólo sacadme de aquí, pero por favor, no me hagáis daño! ¡Os lo suplico! Y… ¿este ruido ensordecedor? ¿Dónde estoy? No me lo puedo creer… ¿Estoy en mi cama? ¿Ha sido un sueño? No puede ser, ha sido demasiado real. Sí… ha sido un sueño, uff menos mal, aún tiemblo del susto.

Pero… ¿qué es esto? Mis muñecas… ¡tienen la marca de una cuerda!