Anécdotas de una tarde de verano

Ayer, 27 de agosto, S. y yo estábamos debatiendo si ir a la playa o no. Finally, decidimos ir porque, según los expertos, hoy y mañana va a caer la de Dios y había que aprovechar los últimos rayos de sol. Así que empaquetamos lo necesario (esta es la parte que más nos da pereza, el engorro de los preparativos) y cogimos ruta hacia El Prat.

No estuvimos mucho rato, el suficiente para darnos un relajante y plácido baño. Siii, las seis de la tarde es una buena hora y hace la temperatura ideal para que mi cuerpo blanco y serrano se sumerja en el mar.

Como el tiempo apremiaba (cosas de tener que pagar zona azul), salimos a secarnos.

Volvimos al coche. Allí dejamos las bambas (o zapatillas de deporte o tenis, o como queráis llamarle). Nos sentamos en un bordillo para ponerlas más cómodamente. Pero como impedíamos aparcar a otros conductores, le dije a S. que nos pusiéramos al otro lado de nuestro coche. Mientras pasábamos de un lado a otro, cerramos el maletero. Una vez con las bambas puestas, íbamos a guardar las toallas y las chanclas en la mochila. De repente oigo un ¡mierda! Y veo que S. no puede abrir el maletero. E inmediatamente nos dimos cuenta. ¡La mochila estaba dentro del maletero! Y dentro de la mochila estaban las llaves del coche, la documentación, el móvil… Vamos ¡que no podíamos abrir el coche! Lo que no nos pase a nosotros…

Fuimos a la garita de los socorristas, rezando para que aún no se hubieran ido, para que nos dejaran un móvil y llamar a los papas. Esa parte superada. Luego, a rezar para que la mama contestara la llamada de un número que no conoce (y no todos contestan esas llamadas) y explicarle el problema de manera que no se angustiara (es muy sufridora, ella). Le dije donde guardamos las otras llaves del coche y que estábamos en la playa del Prat. Y cuando cuelgo S. me pregunta que si sabrán llegar. A ver, tienen GPS. Pero por si acaso, les haría otra llamada. Así que con carita de cordero degollado y suplicando, le pedí el móvil a una chica que estaba a punto de irse. Le expliqué la situación y me dijo que sin problema. Cuando me dejó el aparato, mientras marcaba el número, iba hacia donde estaba S. y él me miró con una cara de ‘dónde vas loca, que el móvil no es tuyo, quédate dónde estás que va vengo yo’. Con el apuro que llevaba no pensaba robar el móvil (bueno y sin el apuro tampoco, ehhh). Al caso. Volví a llamar y les expliqué cómo llegar. La espera no fue larga, pero el hecho de no saber la hora (el reloj también estaba en la mochila, pero hubiera dado igual porque lleva parado desde el principio del confinamiento) ni tener el móvil a mano (por si había que contactar de nuevo con los papas) se hizo un poco rara. Por si acaso, avisé a la señora que controla la zona azul de nuestro problema para que no nos multara.

Nos sentamos a esperar en un banco al lado de una parada de autobús. Y aún menos mal que estábamos en El Prat, cerquita de casa, y no como hace tres semanas en Begur, sino, menuda faena.

Por fin vimos el coche de los papas. Nos dieron la llave y pudimos rescatar nuestros enseres. Y ya los cuatro volvimos para casa más tranquilos y riéndonos de la situación vivida.

Un paseo por el Fórum

El sábado 1 de febrero por la noche, mientras nos rompíamos los sesos para descifrar las pistas del juego del escape room (muucho mejor los reales, los de verdad), J. S. y yo decidimos que el día siguiente, en vez de ir a jugar al ping-pong, lo mejor sería acompañar a J. a su nuevo lugar de trabajo.

El domingo, hacia las 11.30, nos dirigimos hasta Collblanc, donde ya nos esperaban D. y J. Una vez nos saludamos y se percataron de nuestros cortes de pelo, subimos de nuevo al metro que, por suerte no tardó en llegar, y esperamos pacientes la parada de Verdaguer.  Allí hicimos transbordo a la línea 4, la amarilla. Nunca había hecho ese transbordo, al menos que yo recuerde. No era ni corto ni largo. Tras unos minutos inspeccionando qué dirección tomar, La Pau, bajamos al andén. Y tampoco tardó en llegar el tren, vamos, que para ser domingo, tuvimos suerte de no esperar demasiados minutos a que llegara el metro. Y será porque la línea 4 es la menos transitada por cualquier otro motivo, pero todavía circulan vagones de los antiguos, de esos que no puedes pasar de vagón en vagón y que tiene los asientos de dos en dos, eso sí si vas de pie y te apoyas en el respaldo son muy cómodos.

Unas cuantas paradas después, la megafonía anunció El Maresme-Fòrum. Madre mía, casi una hora para ir a la otra punta de Barcelona, cuando yo tardo menos, en coche, eso sí, para ir a Sant Cugat (cuando voy, claro).

Ya en el andén decidí, intuí que había que salir por la salida del Fòrum, pero para llevarme la contraria, la salida era la otra.

En la calle, el sol nos dio la bienvenida. Nos pusimos (algunos) las gafas de sol y continuamos ruta, siguiendo las indicaciones de D. que no se separaba del GPS. El camino parecía sencillo de recordar: rodear el centro comercial Diagonal Mar y unas cuantas calles después allí estaba el centro de trabajo. Justo antes de llegar, vimos cámaras, gente, coches nuevos y más tarde supimos que estaban grabando un anuncio de coches.

Tras ver la empresa y sus alrededores, S. dijo que cerca estaba el edificio del Fòrum, de cuando se celebró en Barcelona el Fórum de las Culturas, por allá el 2004. Yo ni siquiera lo había visto. Cuando lo tuvimos delante, oh sorpresa, aquello se había convertido en el Museu de les Ciències Naturals.

Entramos a cotillear y se nos encendió la lucecita cuando nos acordamos que era el primer domingo de mes y eso significaba que la entrada al museo era gratis. ¡Fantástico! Preguntamos en información, para asegurarnos y allí había dos exposiciones, la permanente y una itinerante de monos. Así que para dentro que fuimos. Antes de subir las escaleras, nos esperaban cuatro gorilas para hacerse fotos con nuestras caras. De inmediato, fuimos a ver la exposición itinerante de los monos. En ella se podían ver 60 especies de monos (no, no los conté, lo he buscado, ¿qué pasa?) y todas sus características: como se mueven, qué comen, cuál es su hábitat, su relación con los humanos… Los había más grandes y más pequeños, más bonitos y más feos, otros que tenías que mirarlo dos veces para darte cuenta de que era un mono…

Con tanto primate a nuestro alrededor se nos hizo la hora de comer. Tras un breve instante de deliberación, decidimos buscar sitio para comer y luego, si apetecía, volver para ver la exposición permanente. Fuimos a comer a Diagonal Mar. No me acuerdo del nombre del sitio (tampoco me voy a acordar de todo) pero era una especia de Wok parecido a otro que hay en el Splau.  Cada uno pedimos lo nuestro y allí comimos tranquilamente. Cuando acabaron todos menos yo (lo habitual, vamos), J. se levantó y preguntó si queríamos un té. Bueno, le preguntó a todos menos a mí. Debió ser mi castigo por ser tan tardona en comer. Pero al rato se dio la vuelta y tras pedir mil perdones, me preguntó si quería algo yo también.

Con el buen tiempo que hacía (más bien parecía un día de primavera-verano y era 2 de febrero) lo que más apetecía era voltear por la playa. Y así hicimos. Y por el paseo marítimo paseamos y paseamos. Y en la playa, mucha gente relajándose, otra tomando el sol, los más jóvenes buscando sitio libre y red para jugar al voleibol y algún que otro valiente metido en el agua. Chaqueta en mano, disfrutamos de un día muy agradable. Hablando y paseando casi (o sin el casi) una hora, decidimos ir en busca de una parada de metro. Entre otras cosas, mis pies necesitaban un descanso (era la única que no llevaba bambas, que poco previsora). Llegamos  a la parada de Ciutadella-Vila Olímpica e iniciamos el camino de regreso. Cuando buscábamos banco para sentarnos a esperar el metro, vi algo brillar en el suelo y era nada más y nada menos que una moneda de 2€.

 

Casi un mes más tarde, nos enteramos que J. se había perdido un día volviendo del trabajo…

Galicia (con un sol de carallo) (IV)

En esta escapadita a tierras gallegas hemos aprendido dos cosas.

La primera. El cultivo de mejillones. Como ya os dije, hicimos una ruta en barco por la ría de Arousa y allí nos explicaron que Galicia es el segundo productor de mejillones del mundo, por detrás de China (siempre los chinos los primeros) así como el funcionamiento de las bateas. Las bateas son plataformas de madera, de las que cuelgan una serie de cuerdas a la que se adosan los mejillones. A los 6 meses, los mejillones se cambian de cuerda porque han aumentado su tamaño y necesitan su espacio para seguir creciendo. Así se repite la operación, que dura hasta los 14-15 meses y cuando el mejillón alcanza los 10 cm. Y lo mismo sucede con las ostras y las vieiras, variando los tiempos de crecimiento y el número de cuerdas utilizadas.

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(Batea)

Tras esta explicación, nos deleitaron con 2 bandejas de mejillones al vapor (al final fueron 5) exquisitos. Acompañado de vino blanco (que no probé) y más tarde con un chupito de crema de orujo, que ante tanta insistencia me bebí (y sin que sirva de precedente).

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(Bandeja de mejillones)

La segunda. Os comenté que el domingo nuestros anfitriones nos llevaron a un sitio peculiar. Ese sitio es un furancho. ¿Un qué? No lo había oído en mi vida. Un furancho es una casa particular que vende su propia cosecha de vino (en temporada) y se sirve en cuencos y ofrece también un concreto menú. En nuestro caso churrasco. Y allí estábamos, cenando en el patio de una casa particular, mientras los dueños y demás gente deambulaba por allí como Pedro por su casa. Que hasta si vas al baño, vas al baño de la casa en cuestión. Eso sí, tienes que saber que esa casa es un furancho, porque no son fáciles de localizar.

And this is all, my friends.

Galicia (con un sol de carallo) (III)

El lunes fue el día de las despedidas. Nos levantamos temprano, sobre las 8 y al acabar de desayunar acabamos de meter lo que quedaba en la maleta e hicimos una ronda rápida por el piso para no dejarnos nada. Dijimos adiós y muchas gracias a A. y L. y pusimos rumbo a Vigo con B. El avión de vuelta no salía hasta las 18.30, pero B. tenía que estar en Ourense a la una, así que no nos quedó más remedio que pasar el día en Vigo.

Aparcamos el coche en la estación de autobuses convencidos de que allí habría consignas para dejar la maleta… pero no. Así que la maleta lila se convirtió en una inseparable compañera de viaje.

Fuimos al punto de información del puerto para que nos dieran un mapa y ver que podíamos hacer hasta la tarde. Volteamos un rato por allí y por el centro hasta que B. se tuvo que ir. La acompañamos hasta el coche y nos despedimos hasta la próxima (que ya tocaría en Barcelona).

Cuando la vimos alejarse nos dirigimos al casco antiguo, dimos unas cuantas vueltas por la zona, no muchas por las cuestas y la maleta a rastras y buscamos la parada de autobús correcta para ir más tarde hasta el aeropuerto. Después de rechazar varios restaurantes (dos o tres comerciales de diferentes locales nos acercaron con un panfleto con el menú) con buena comida pero que se pasaba de nuestro presupuesto, dimos con otro con un precio más asequible.

Una vez tuvimos el estómago lleno, reposamos la comida en el parque que había enfrente, en un banco al solecito y cuando lo consideramos oportuno, decidimos poner rumbo hacia el aeropuerto. Nos subimos en el autobús y, tras soportar la mirada casi asesina del conductor porque le daba menos dinero por el billete (oigan, una no entendió bien el precio), nos esperaba un trayecto de poco más de media hora. Una vez en el aeropuerto, fuimos a la puerta correspondiente y allí esperamos cerca de hora y media (muy previsores nosotros, si) a que nos llamaran para embarcar. Allí pasamos el tiempo con nuestros libros electrónicos.

Esta vez nos separamos antes de tiempo ya que yo tenía que entrar por delante en el avión y S. por la parte de atrás. Y en esta ocasión ningún alma caritativa nos cedió su asiento para que pudiéramos estar juntos. El viaje de vuelta se me hizo mucho más largo que el de la ida. Por fin aterrizados (que no aterrorizados) fuimos en busca de la maleta y allí en Barcelona nos esperaban mis padres con quienes nos fundimos en un abrazo como si hiciera media vida que no nos viéramos.

Galicia (con un sol de carallo) (II)

Al día siguiente nos esperaban varias excursiones y por eso cogimos fuerzas en el desayuno: frutas, mermelada casera, pastitas, cereales, leche…

La primera parada fue San Vicente de O Grove. Nos adentramos por el bosque para observar las maravillosas vistas de la zona, montaña hacia un lado, mar y playa hacia el otro… L. ejerció de anfitrión y conocía casi todos los rincones de la zona mejor que los propios autóctonos. Fuimos hasta el faro y vimos curiosas y elaboradas esculturas de piedras, algunas de ellas, como homenaje a los voluntarios que ayudaron en la limpieza tras el vertido del Prestige. De ahí, hicimos una rápida visita a la necrópolis de Adro Vello y nos dirigimos al museo de la Salazón. Allí se puede ver perfectamente explicado el proceso de salar una sardina. Digo que se puede ver perfectamente porque hay paneles que lo explican paso a paso. Yo poco o nada pude ver porque tuve un repentino ataque de estornudos y escozor de ojo que duró casi todo el rato que estuvimos allí. Y se prolongó hasta que llegamos a un parque llamado Fervenza del río Barrosa. Otro sitio bonito donde los haya con una cascada espectacular.

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(Fervenza del Rio Barrosa)

Tras la sesión fotográfica buscamos un sitio donde comer y después de escalar unas cuantas piedras rodeando la cascada, llegamos al merendero. A, S y yo nos dirigimos a una mesa en la sombra (recuerdo que ese fin de semana hacía un sol de carallo) pero a un grupo de ocas no les pareció buena idea y no de buenas maneras nos invitaron a irnos. No muy lejos de allí, encontramos otra mesa al lado del río y cuando volvieron B. y L. de comprar las bebidas nos dispusimos a comer. De picnic. El pan de molde, las patatas fritas, el embutido… S. me dijo que probara un paté casero que había hecho B. antes de salir. Y puaj (con perdón). ¡Qué sabor a oliva!. El paté estaba hecho con una lata de atún, otra de mejillones y dos o tres olivas. ¡Pero solo noté el sabor a oliva! Como supondréis, detesto las olivas, su olor, su tacto, todo de ellas… El resto de comida transcurrió sin más sobresaltos.

Tras probar el agua fresquita del río y reposar la comida por el parque, nos fuimos a Arousa. Vimos el faro y tomamos un café en el bar (claro, donde si no), tocando a la ría. Poco faltó para que nos llevara el viento…Creo que fue el único momento del viaje donde sentí un poco de frío.

Después del café, L. nos enseñó como lanzar piedras a la ría lo más lejos posible y así estuvimos un buen rato, como cinco niños pequeños.

Para volver a entrar (un poco más) en calor, los anfitriones nos llevaron hasta el Parque Natural de Carreirón, un paseo entre árboles que acabó en la playa, relajados mirando el mar en calma y observando a los pocos valientes que se atrevieron a dar un baño.

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(Parque Natural de Carreirón)

De vuelta a casa, pasamos por otros pueblecitos como Cambados (y seguro que alguno más, pero no recuerdo el nombre) y nos quedamos en el apartamento descansando un rato e intercambiando fotos e impresiones hasta la hora de cenar, donde B. dijo que iríamos a un sitio raro, peculiar. A eso de las 12 de la noche volvimos a casa y con tristeza, empezamos a preparar la maleta, ya que el día siguiente era el día del retorno a casa.

 

Galicia (con un sol de carallo) (I)

Hace poco más de un mes (si, más vale tarde que nunca), aprovechando un fin de semana largo en Cataluña (el del lunes de segunda Pascua),  estuvimos por última vez en Galicia. Nos alojamos en el apartamento que L tenía alquilado. L. es novio de A., hermana de B. ¿Os ha quedado claro? B. nos embaucó para que fuéramos, ya desde el verano pasado y la verdad no nos arrepentimos. Ahh, que no lo he dicho. Estábamos en O Grove. No conocíamos esa parte de Galicia, excepto Vigo, ciudad más industrial que otra cosa.

El viaje empezó la madrugada del sábado 19 de mayo a las 5 de la madrugada, cuando sonó el despertador para poner rumbo al aeropuerto. Levantarse un sábado a esa hora duele, pero yo ya estoy acostumbrada a hacerlo cada día (bueno una hora antes), así que no me supuso demasiado sacrificio. S. tiene otra opinión al respecto.

Una  vez instalados en el avión, por suerte en la misma fila, una en ventanilla y otro en pasillo, aunque una amable mujer nos dejó sentarnos juntos, fuimos durmiendo prácticamente todo el trayecto hasta llegar a destino.

Allí, en el reducido aeropuerto de Vigo, nos esperaba B. Una vez subidos al coche, pusimos rumbo a un sitio para desayunar. Y paramos en Redondela. Localizamos un bar y decidimos desayunar un bocadillo de tortilla. Y cuál fue nuestra sorpresa cuando el camarero nos dijo que no tenían bocadillos, que no tenían la cocina abierta… WTF? ¿En qué bares no sirven bocadillos? Nos tuvimos que conformar con un par de tostadas… y 3 minicroissants…

Ya con el estómago lleno, montamos de nuevo en el coche dirección O Grove, bordeando la costa. Así pues, pasamos por Poio, Combarro, (aquí estuvimos un ratito, precioso el pueblo), Sanxenxo, pueblo pijo donde los haya…

IMG_20180519_120318.jpg(Combarro)

Aparcamos y fuimos hasta la playa de A Lanzada, donde hay una bonita capilla. Pero no pudimos entrar porque se estaba celebrando una boda. Y seguro que salimos en alguna foto o vídeo porque un dron volaba sobre nuestras cabezas… ¡Y nosotros con estas pintas! La playa preciosa, con el agua cristalina que invitaba a bañarse… Sí, aunque no lo pareciese, esos días hizo más calor que cuando fuimos el verano pasado…

PANO_20180519_130038.jpg(A Lanzada)

Por fin cogimos ruta hacia O Grove, donde nos esperaban L. y A. Nos saludaron desde el minibalcón (si se le puede llamar balcón, sin ánimo de ofender) y una vez en el piso nos recibieron con efusividad. A A. hacía tiempo que no la veíamos y a L. no lo conocíamos, pero fue (es) un encanto de chico. Inglés, pero con un acento gallego que parece nativo. Como estaba practicando el español, poco inglés pudimos hablar nosotros.

Tras ponernos al día mientras degustábamos espaguettis a la boloñesa, nos dirigimos hasta el puerto. Allí nos esperaba un barco que nos llevaría a dar una vuelta por la ría de Arousa. El paseo duró aproximadamente una hora y media, bajo un sol de justicia. Suerte de la brisita y los sombreros de paja que nos prestaron L. y A. El señor que manejaba el barco (no sé si barco o catamarán) nos habló de la ría de Arousa y de la captura de mejillones y ostras. Esto lo explicaré más adelante. Todo amenizado con música tradicional gallega y portuguesa, con el volumen un poco demasiado alto para nuestro gusto (quizás también influyó el hecho de que los altavoces los teníamos justo detrás).

Después del barco, decidimos ir a la isla de la Toja dando un paseo. Un paseo de media horita con la calma. Pasamos por un puente largo disfrutando de las vistas a la ría. Y llegamos. También un sitio pijo y caro, que tiene el balneario, el casino y poco más. Sí, nos trajimos un jabón. Ahh, todos los puestecitos de souvenirs de la isla tienen motivos de concha: collares de concha, un aconcha que sirve de jabonero… Hasta la iglesia estaba recubierta de conchas. Tampoco pudimos entrar porque se estaba celebrando otra boda… esta vez con gaiteiros.

IMG-20180522-WA0044.jpg(Iglesia de A Toxa)

Lo que quedó de tarde la pasamos descansando en el piso hasta la hora de cenar, donde fuimos al centro del pueblo a un bar de tapeo y seguir echando unas risas.

 

No sin mi hijo

Susana esperaba el fin de sus días a la sombra del ciprés, agarrando con fuerza el pañuelo de seda con que envolvió la cabecita de su hijo, que apenas pudo aguantar 48 horas después de su nacimiento prematuro. Justo delante de la tumba donde enterraron a su pequeño ángel, pasaba las horas esperando un imposible, que el cuerpo de su infortunado bebé despertarse de un momento a otro y recobrara una vida que no disfrutó.
A Susana le costó quedarse embarazada y los médicos nunca le advirtieron de que se tratara de un embarazo de alto riesgo, por eso el impacto de lo sucedido fue todavía mayor.
Recién cumplidos los siete meses de gestación, empezó a notar que algo no iba bien. Casi de un día para otro se dio cuenta de que dentro de su barriga apenas había movimiento. Le practicaron una cesárea de urgencia con la única idea de salvar al bebé. Tras mucho esfuerzo lo consiguieron, pero los órganos del neonato estaban tan débiles que no pudieron aguantar más de dos días con vida.
El entierro tuvo lugar al día siguiente. A Susana ya no le quedaban lágrimas. Fue la última en abandonar el cementerio. Y allí, pasó el resto de sus días, sentada en la sombra del ciprés, mirando a la pequeña tumba blanca de su niño y esperando que sus ojos se cerraran para siempre.

El asesino invisible

Como cada mañana, a eso de las doce, cojo mi mochila naranja y salgo de casa para ir al gimnasio. En cuanto asomo al rellano, un pequeño roedor se cruza en mi camino y huye despavorido escalera abajo. La puerta de la vecina está entreabierta. Después de dudar unos instantes, decido entrar. No puedo creer lo que veo. El piso está hecho un caos. De fondo, está sonando el tango “Talismán”. Me muevo con miedo, muy asustada. Me voy adentrando poco a poco en la vivienda y me llega un fuerte olor a colonia. El suelo está lleno de minúsculos trozos de cristal, de su frasco de perfume y, uno de ellos, algo más grande, está incrustado en el cuello de la malograda anciana. Apenas hacía dos días que se había quedado viuda y su marido también murió en extrañas circunstancias. No era ningún secreto que el matrimonio poseía una gran fortuna. De su dedo, fue arrancada su alianza, que fue un regalo de su marido cuando se prometieron. Me dispongo a llamar a la policía. La puerta se cierra de golpe… De mi cuello empieza a brotar sangre…

La piel de plátano

Se giró al escuchar el grito. Y se puso rápidamente la mano en la boca para amortiguar el ruido de una sonora y maligna carcajada.
La piel de plátano se elevaba lentamente a la vez que el joven viandante que la pisó volaba por los aires. Su cara de asombro y susto, parecía sacada de una película de Scream y su pierna derecha parecía estar preparada para hacer un remate de chilena. Los brazos se balanceaban como si de unas olas se tratasen. Finalmente, su espalda chocó contra el suelo, rebotando como si hubiera caído encima de una colchoneta.
La muchacha de la carcajada se dirigió a ayudar al joven pero pisó la piel de plátano…

Una vida sin rumbo

Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte. Pero no siempre es cierto. Al menos en mi caso. Yo no tengo un doble, no;  tengo cientos, miles… es casi imposible contarlos.

Vi la libertad cuando a un chiquillo le dieron permiso para romper su huchita de cerdo y poder comprarse un paquete de cromos para poder completar su álbum. Me dio pena despedirme de él, porque me trató con cariño, como si no quisiera abandonarme… pero pesó más su deseo. Mi vida desde ese momento, siempre ha sido nómada. He tenido muchos amos, pero ninguno me ha durado más de dos días. Del niño pasé a manos de un guiri, que no parecía ser muy amante de las monedas, pues tal cual me adquirió, me soltó a las primeras de cambio. De repente me encontré en un bus, pero de nuevo mi escondite fue fugaz, ya que fui a parar al monedero de una pija agarrada a su teléfono móvil como si le fuera la vida.

Dicen que todas nosotras, las monedas, tenemos el mismo valor. Es mentira. Para la pija rica yo sola no significo nada, me hace sentir como mi hermana de un céntimo, ahí, chatarrilla, calderilla…en cambio para el niño, yo era uno de sus más preciados tesoros.

La pija me llevó al supermercado. Allí me insertó en un carrito y así estuve, sin apenas respirar una media hora… Cuando ya creí que se acababa mi tortura, la muchacha cargó su compra en su coche y ahí me quedé, sola y desamparada. Una pareja acudió a mi rescate y conviví con ellos una noche, hasta que al día siguiente acabé en una máquina de café. Eso de caer al vacío no lo llevo nada bien… Por suerte, pude reencontrarme con algunas de mis dobles. Cuando más dicharacheras estábamos, un elegante hombre de negocios acudió a mi rescate. Por las maletas que llevaba, se presumía que iba a realizar un largo viaje. ¡Qué emocionante! Un viaje al extranjero. ¿Qué iba a hacer conmigo? Poca cosa… Sin saber cómo, me deslicé de su pequeño portamonedas y en el suelo me quedé… Hasta que un japonés dio conmigo. Con sumo cuidado, me guardó en un compartimento de su mochila y al llegar a su casa, me depositó dentro de un pequeño plástico y me dejó dentro de un álbum en que me encontré otras monedas de todo tipo de formas y colores, muchas de ellas desconocidas, hasta entonces, para mí.